lunes, 30 de junio de 2014

Nadie nace con suerte

¿Por qué hay personas que pasan por la vida cosechando éxitos y otros solo fracasos?  ¿Por qué es que hay personas más afortunadas que otras?  La buena suerte de las personas tiene que ver con una disposición optimista hacia la vida; con su capacidad de mantener una mente abierta para observar y aprovechar las posibilidades que se le presentan y de su habilidad de erradicar sus sentimientos de fracaso, preparándose emocionalmente para su próximo éxito. 

Las personas con suerte se rodean de personas optimistas.  Son personas agradecidas, generosas y humildes.  No he conocido a ninguna persona afortunada que no sea, además, una persona ambiciosa, dispuesta a asumir riesgos, confiada en sí misma y altamente competente.

La serendipia, o el hallazgo inesperado que se produce cuando se busca otra cosa, no obedece solamente a la coincidencia o al accidente.  También se le presenta a aquellos que se han planteado un propósito claro, pero asumen un enfoque cognitivo y conductual flexible y productivo hacia la vida.  Existen muchas formas de llegar a nuestro destino, por lo que la persona afortunada no se preocupa en exceso por la ruta y los detalles, sino más bien aprovecha las oportunidades que se le presentan aquí y en el momento.  Busca, además, salirse de su zona de confort, de su rutina habitual, y se interesa por explorar lo que le falta por conocer, porque la novedad y el aprendizaje les generan sentimientos de satisfacción.

Richard Wiseman, autor de The Luck Factor, determinó que aquellos que se consideran afortunados también son más extrovertidos, por lo que tienen mayores probabilidades de establecer redes y relaciones productivas al conocer a muchas personas y mantenerse en contacto con sus amigos y conocidos. Además, tienen menos probabilidades de experimentar sentimientos como la ansiedad, la culpabilidad, el disgusto y la depresión.

¿Por qué algunos siempre tienen suerte y otros nunca? Porque a través del tiempo todos desarrollamos patrones de conducta.  Algunos siempre tendemos a mantener una actitud abierta y positiva hacia las posibilidades que nos ofrece la vida, a pesar de los obstáculos y la crítica, y otros vivimos con miedo, resentimiento, odio y preocupación, lamentándonos de las decisiones y acciones que tomamos en el pasado, así como de las que no tomamos. 

Los buenos resultados producen sensaciones de éxito, por lo que las personas que han tenido suerte en el pasado alimentan su deseo de continuar arriesgándose para continuar siendo exitosos. Los malos resultados nos entristecen a todos, pero los afortunados siguen esforzándose porque saben que saldrán adelante si perseveran, sin preocuparse de lo que resultará mañana. 


Mi mayor descubrimiento es que las personas afortunadas no cuentan con su suerte para sacarlos adelante.  Toman la decisión de pensar de forma optimista, se sacrifican por sus propias metas y toman acciones contundentes para cambiar sus vidas.

lunes, 16 de junio de 2014

Educar para preguntar

Si no se plantean las preguntas correctas, difícilmente se obtienen respuestas correctas.  Las preguntas tienen el poder catalizador para impulsar el descubrimiento y el aprendizaje, y así la innovación en todos los campos del saber. Saber preguntar también sirve para recabar mayor información, fortalecer las relaciones interpersonales, evitar malentendidos, apaciguar situaciones conflictivas, persuadir a las personas y aumentar la rendición de cuentas, por lo que enseñar a los jóvenes a plantear buenas preguntas contribuye a desarrollar sus capacidades para resolver problemas, crear nuevos productos y servicios, y trabajar en equipo. 
Siendo una habilidad cognitiva fundamental para el trabajo y la vida democrática, ¿por qué las escuelas no estimulan a que los alumnos formulen buenas preguntas?
En ambientes complejos y cambiantes, es fundamental saber plantear preguntas abiertas y exploratorias que nos permitan obtener un entendimiento más profundo de la temática. Las preguntas cerradas típicamente reciben respuestas cortas, como un sí o un no.  Sugieren, a su, vez, que las preguntas tienen una sola respuesta, lo que comunica una idea equívoca con respecto a la naturaleza de los problemas y dilemas que plantea nuestra realidad. A pesar de los beneficios de saber plantear preguntas abiertas, las preguntas cerradas  son las que predominan en las interacciones educativas y las pruebas evaluativas.
El que sabe preguntar inicia con preguntas cerradas y evoluciona hacia preguntas abiertas, solicitando más detalle, explicaciones y argumentos en cada respuesta.  A su vez, sabe escuchar.  Muestra interés en lo que dice su interlocutor y le da suficiente tiempo para contestar, aumentando de esa manera el nivel de confianza con el entrevistado. Suspende su juicio con respecto al tema hasta no haber recabado toda la información que requiere para entender la situación a fondo; asimismo, evita asumir conocer las respuestas al interpretar pausas de silencio, el tono o el lenguaje corporal de su interlocutor. Estas habilidades se aprenden solo si se modelan para los alumnos cotidianamente.
El que sabe preguntar también puede lograr inducir a su locutor a pensar de cierta manera, en particular cuando sabemos que la respuesta más sencilla es contestar de forma afirmativa: “¿Es útil esta técnica, cierto?” O bien, puede plantear un número limitado de opciones de las que otros puedan escoger: “¿Te parece que la segunda opción es mejor?”  No hay mejor manera de obtener la buena voluntad de las personas que cuando las hacemos sentir que tienen opciones, aunque estemos permitiéndoles escoger entre nuestras alternativas preferentes. El entrevistador ético entiende la diferencia entre persuadir y manipular.
El currículum no debe girar en torno a respuestas, sino a preguntas.Ya es hora de que el sistema educativo costarricense ejercite la habilidad de nuestros hijos para que realicen preguntas profundas, destinando el tiempo a fomentar la discusión abierta y crítica de los contenidos curriculares que se presentan.
Publicado el 16 de junio de 2014 en el Periódico La República.

lunes, 26 de mayo de 2014

Un Presidente valiente

Parece ser que algunos conciudadanos tienen problemas con la mera existencia de otros seres humanos cuya diversidad sexual, orientación de sus afectos, o sentimiento de pertenencia social, no concuerda con su apariencia o con el sexo identificado en el nacimiento. Tristemente, muchos líderes de opinión, políticos y religiosos han querido hacer creer que las personas LGBTI amenazan las nociones culturales y religiosas de familia y género, por la forma en que se ven o se comportan.

Los prejuicios populares, los chistes de mal gusto y el discurso inflamatorio en contra de seres humanos inocentes y vulnerabilizados, atizado por visiones parcializadas de la realidad o desactualizadas de lo que constituye la identidad de género, sigue siendo parte de la realidad cotidiana en miles de hogares, medios de comunicación, centros escolares, centros de trabajo y la comunidad costarricense en general. Estas personas son objeto de burla y son aterrorizadas muchas veces por los mismos que se suponen que deben protegerlos. Además, son obstaculizadas oportunidades para trabajar y aprender, expulsados de sus hogares, y obligados a negar quienes realmente son para protegerse del estigma y el rechazo. En muchos casos, la desprotección y el temor les impiden hacer valer sus derechos, una realidad que a pocos parece preocuparles.

Es un fenómeno verdaderamente paradójico, en particular porque la gran mayoría de la población costarricense profesa el cristianismo, fuente de compasión y amor por el prójimo. Adoptando una actitud verdaderamente cristiana, nos tendríamos que preguntar: “¿Cómo me sentiría si fuera prohibido amar a la persona que amo? ¿Cómo me sentiría si fuera discriminado por algo de mí mismo que no puedo cambiar?

Con frecuencia se escuchan creencias como que los gay son pedófilos, que el homosexualismo es una enfermedad que puede ser transmitida o curada, y que los gays motivan a otros a ser gay. Esos argumentos son simplemente falsos y reflejan una grave ausencia de información. La homosexualidad no es un trastorno mental ni una perversión sexual. Estudios internacionales han demostrado que existen múltiples factores biológicos que interactúan con múltiples factores ambientales en la definición de conductas homosexuales. Cualquier explicación simplista es un absurdo reduccionismo de una realidad compleja.

Las actitudes homofóbicas tienden a legitimar la discriminación, por lo que el Estado, el máxime protector de los derechos de todos sus ciudadanos, está llamado a actuar con celeridad y eficacia en la defensa de los derechos de esta población. El liderazgo, por definición, significa estar al frente de su gente cuando su gente lo necesita, no cuando le es conveniente. El verdadero liderazgo significa defender la dignidad y derechos de todos los ciudadanos, porque es lo correcto, a pesar del costo político que esa defensa conlleve. Felicito al Presidente Solís por izar, con valentía, la bandera de la diversidad en Casa Presidencial.

lunes, 28 de abril de 2014

Formación docente y CONESUP

Me siento muy complacida con el nombramiento de doña Sonia Marta Mora como Ministra de Educación Pública, por su amplia trayectoria como académica e investigadora,  como ex rectora de la Universidad Nacional y Presidenta del Sistema Nacional de Acreditación de la Educación Superior (SINAES), y por sus conocidas cualidades intelectuales y personales.  Me alegro, también,  porque me consta que ella valora la importancia que reviste la calidad de la educación superior privada para el desarrollo nacional, por lo que esperaría que priorice, dentro de su ocupada agenda, el trabajo que desde el CONESUP se realiza en la fiscalización de este sector.

Ya es hora de que el CONESUP impulse las discusiones nacionales con respecto al perfil requerido de los profesionales en las distintas disciplinas, para acordar, en conjunto con las universidades, empleadores y expertos nacionales e internacionales, las competencias que deberían desarrollar los alumnos, así como los indicadores clave de desempeño que podrían utilizarse para determinar que los graduandos cumplen con el perfil esperado. 

Debería iniciar con las carreras de educación, por el impacto que reviste el mejoramiento sistemático del perfil docente sobre la calidad académica en los ciclos de educación preescolar, general básica y diversificada.  Este grupo de trabajo calificado debería definir, entre otros criterios, los cursos medulares y complementarios mínimos que deberían impartirse en cada carrera, siempre y cuando se otorgue a las universidades la flexibilidad para que puedan,  además,  incluir otros cursos con el fin de cumplir con su misión y naturaleza.   

Este grupo de trabajo también podría acordar el número mínimo de cursos en cada carrera, las horas lectivas por curso, las horas de práctica supervisada, y los mecanismos mediante los cuales los alumnos deberían ser evaluados para certificar su idoneidad antes de graduarse.  No puede ser que sigan existiendo  carreras de bachillerato en educación de 28 cursos, impartiéndose con menos de 45 horas lectivas por curso, en las que los alumnos pasan múltiples materias por “suficiencia”, realizan pocas prácticas supervisadas y no son rigurosamente evaluados.


Contra estos marcos de competencias es que se deberían evaluar las propuestas curriculares de las universidades, para que las valoraciones no continúen dependiendo de analistas sin formación en las disciplinas que evalúan, o de la opinión de individuos de entes externos cuya idoneidad profesional y preparación académica se desconoce y cuyas observaciones, aparte de las de OPES, no son legalmente vinculantes.    El CONESUP debería dar un plazo de un año para que las universidades actualicen sus carreras de educación y darles trámite prioritario, en aras de satisfacer los criterios de calidad establecidos por estos marcos de competencias y así contribuir con el mejoramiento de la calidad de la formación de los docentes en la educación preescolar, primaria y secundaria. 

lunes, 7 de abril de 2014

Problemas en la producción de ingenieros

Hace un par de años asistí a una reunión en Casa Presidencial, en la que se presentaron varios ministros del gabinete, personeros de CINDE, el INA y representantes de las universidades principales del país. El objetivo era escuchar la explicación de la importancia de graduar a más científicos, ingenieros y tecnólogos, como si la carencia de especialistas en estos campos se debiera a la falta de conocimiento de las universidades sobre la importancia que esta fuerza laboral reviste para el desarrollo económico nacional.

Parece ser que los pocos minutos que nos otorgaron para explicarles a los gobernantes  los problemas estructurales que enfrentamos las universidades en torno al cumplimiento de este objetivo no fueron suficientes para informar la opinión de la señora Presidenta, quien siguió quejándose en sus discursos de la ausencia de profesionales en estas ramas.

Asumamos por un instante que hubiera suficientes graduados de colegios,  interesados en matricular carreras ingenieriles y tecnológicas, que no los hay, y que estos alumnos tuvieran las capacidades matemáticas y analíticas requeridas para enfrentar, con éxito, los requerimientos intelectuales de este tipo de carreras universitarias.  ¿Cómo atenderían los sectores universitarios públicos y privados esta demanda?

El sector universitario público enfrenta una creciente presión social por admitir más alumnos en sus aulas, utilizando los presupuestos que actualmente recibe.  También se le exige abrir más cupos en las carreras ingenieriles y científicas, que son las más intensivas en recursos financieros, por la infraestructura, mobiliario, equipos, materiales didácticos y recurso humano que requieren para impartirse; no cuesta igual educar a un filósofo que a un ingeniero de materiales.  Para enfrentar esta demanda, tendrían que redireccionar recursos de otras disciplinas, obligando a las universidades a reducir o eliminar programas y plazas, lo que generaría una contienda con los sindicatos y un cuestionamiento de fondo sobre los propósitos de la educación universitaria.

A todo esto, resulta políticamente inconveniente solicitar más recursos financieros al Estado, por ser, las universidades públicas,  instituciones que siguen sin rendir cuentas por los fondos que actualmente reciben, y por no haber demostrado la capacidad de graduar al número de profesionales que el mercado laboral requiere en el tiempo establecido por las mismas instituciones. Al día de hoy, nadie sabe cuánto le cuesta realmente al Estado formar a cada graduado de esas universidades.


En el sector privado, el reto es otro.  El tramitar una carrera para aprobación ante CONESUP sigue tardando aproximadamente dos años, en gestiones meramente burocráticas que no aportan valor a la calidad de los programas académicos que se presentan.  Por otra parte, el ente regulador insiste en que las universidades inviertan en la infraestructura y recursos requeridos para impartir estas costosas carreras antes de autorizarlas, una situación de alta inseguridad jurídica y de inviabilidad financiera.  

Publicado en La República el 7 de abril de 2014.

viernes, 28 de marzo de 2014

El prejuicio del clasismo

Cuando hablo del prejuicio, me refiero a esa tendencia perniciosa de los seres humanos de prejuzgar, de forma negativa, a un grupo de personas o a los miembros de ese grupo, por su forma de vestir, hablar, pensar o actuar. Cuando se actúa sobre el prejuicio, se discrimina y se ofende, deteriorando así el bienestar humano.  El racismo, el sexismo, la homofobia, la discriminación por edad o por religión son prejuicios comunes en nuestra cultura.  Otro prejuicio es el clasismo, la actitud discriminatoria que defiende y mantiene las diferencias entre las clases sociales. Este prejuicio se evidencia en las declaraciones o creencias de las personas cuando se expresan en términos despectivos sobre las personas que tienen más dinero, poder, o posición social,  o cuando se expresan, por el contrario, con disgusto por las personas que no lo tienen. 


Los prejuicios se basan en estereotipos que sostienen las personas, en las sobre-generalizaciones que hacemos con respecto a un grupo social, las cuales típicamente son negativas.  Muy frecuentemente, estos estereotipos van de la mano con conductas discriminatorias, lo que pone a los miembros del grupo en situación de desventaja, al ser tratados injustamente por el simple hecho de pertenecer a ese grupo.  Es así como los clasistas tildan al millonario de estafador, agarrado o explotador, o al pobre, como holgazán, parásito o malagradecido.  

¿Pero por qué somos así?  Según los estudios en el campo de la psicología del prejuicio, nacemos con una tendencia natural de clasificar la información que percibimos en categorías mentales, para facilitar nuestro entendimiento del mundo.  El problema con categorizar rígidamente a las personas en “ellos” y “nosotros”, es que tendemos a minimizar las diferencias entre las personas de nuestro propio grupo, y a exagerar las diferencias entre los grupos sociales distintos, lo cual distorsiona nuestras percepciones de la realidad.

También somos prejuiciados porque nos acomodamos a las normas sociales de nuestro grupo, buscando un sentido de pertenencia, autoestima e identidad; si el grupo al que pertenecemos es prejuiciado, las personas que lo conformamos adoptamos las creencias y conductas prejuiciadas del grupo, y luego nos resistimos a cambiar de parecer.   

Las personas con más baja autoestima son los que tienen más predisposición de expresar prejuicios.  Juzgamos sin saber porque tenemos poco contacto con personas que no pertenecen a nuestro grupo social.  Por ello, antes de juzgar a las personas, debemos tomarnos el tiempo de conocerlas.  Desde mi propia experiencia, las  primeras impresiones usualmente son equivocadas.  Las palabras y pensamientos destructivos envenenan el alma de quien las dice y piensa, aunque sea en broma.  No hagamos a otros lo que no nos gusta que nos hagan. A quienes somos sujetos de estos prejuicios nos duele.  Seamos gente educada y humana.

Publicado el 27 de marzo de 2014 en La República.

viernes, 7 de marzo de 2014

Educación cívica: Tarea pendiente

“¿Cómo asume usted sus responsabilidades cívicas?” Recuerdo, con asombro y desconcierto, las respuestas ofrecidas por los postulantes a esta pregunta contenida en un formulario de becas.  Todos adjuntaban fotografías de su participación en los desfiles de faroles, las marchas y bandas del 15 de setiembre, los bailes folclóricos del Día de la Anexión o del Día de las Culturas.  Sus responsabilidades cívicas se limitaban a participar de los actos organizados por su centro educativo, según entendí.

La educación cívica es insuficiente si su alcance se limita a que las personas se aprendan el Himno Nacional, o a identificar gestas, héroes y documentos importantes  de la historia costarricense.   Los ciudadanos deben comprender, con profundidad, los principios y valores democráticos y las estructuras y ámbitos de acción de los diferentes poderes del Gobierno.  Más importante aún, deben haberse familiarizado con los mecanismos, electorales y no electorales, mediante los cuales pueden ejercer su derecho a la libre expresión, la negociación, la participación política y el activismo dentro de movimientos sociales.

Con poca efectividad participarán los ciudadanos de una democracia si no cuentan con las destrezas intelectuales y disposiciones necesarias para identificar, interpretar o valorar asuntos atinentes a la vida pública.  Un ciudadano debe ser capaz de deliberar sobre los asuntos de interés comunal, ofreciendo, recibiendo y evaluando razones, de forma colaborativa con otros ciudadanos, aunque sostenga puntos de vista distintos. Debe saber dialogar activamente y con empatía.  Debe poderse expresar en público con claridad, precisión, seguridad y tacto. Debe poder discernir entre hechos y especulaciones.  Debe saber evaluar la calidad de sus propios argumentos y la de otros.

Más importante aún, debe ser capaz de comunicarse y trabajar con personas y grupos en ambientes organizacionales diversos; interactuar con representantes comunales y líderes políticos; y planificar, de forma estratégica, el cambio social y político. ¿Enseñamos a nuestros alumnos a hablar en público, a formular peticiones, a organizar y liderar reuniones? Les enseñamos a ejercer su liderazgo político en los ambientes escolares y comunales y a participar en campañas proselitistas?  Mostramos respeto por el trabajo que conlleva la función pública?  Les enseñamos a planificar, a buscar aliados, crear consenso y establecer coaliciones? 


¿Sabrían navegar en  los procesos electorales y no electorales para dar sus opiniones a conocer y a exigir que sus necesidades sean atendidas?  ¿Sabrían cómo y cuándo organizar protestas, huelgas y boicots? Sabrían realizar encuestas de opinión y comunicar sus resultados? Utilizan las redes sociales para fines políticos?  ¿Cuentan con las disposiciones cívicas para actuar con respeto, rechazo a la violencia, compromiso con el bienestar colectivo y apreciación de la diferencia?  Nuestra responsabilidad cívica va más allá de ir a votar…

miércoles, 19 de febrero de 2014

Calidad universitaria y costos


La discusión alrededor de los costos y la productividad en la educación superior gira, más que en la importancia de invertir en ella, en la conveniencia de que esa inversión sea estratégica. Los investigadores del Centro Nacional para Sistemas Gerenciales de la Educación Superior en Estados Unidos (NCHEMS) indican que el financiamiento es la herramienta más poderosa que tiene el Estado para asegurarse que las universidades cumplan con una serie de indicadores de desempeño y que adopten mecanismos eficaces de rendición de cuentas, con miras a lograr los beneficios públicos que se esperan.

Para mejorar los mecanismos de financiamiento de la educación superior se debe disponer de los datos que se requieren para la toma de decisiones. El control de los costos y el mejoramiento de la productividad no son labores difíciles para los entendidos en la materia, aun en instituciones públicas muchísimo más complejas y grandes que las costarricenses.

A manera de ejemplo, existe una base de datos de libre acceso por Internet, IPEDS (Integrated Postsecondary Education Data System), que reporta, con lujo de detalles, los indicadores financieros más importantes de las universidades que reciben financiamiento estatal en Estados Unidos. Los datos son utilizados por organizaciones no gubernamentales, como el Delta Project y el Measuring Up, así como por las asambleas legislativas estatales, para estimar el costo total de la educación por grado y nivel académico; el porcentaje del costo total de la educación que paga el estudiante por concepto de matrícula; el subsidio que recibe cada estudiante por parte del Estado; el porcentaje de los gastos que se cubren con el pago de la matrícula; el número de títulos, certificados y otros diplomas otorgados en relación con el número de alumnos de tiempo completo matriculados por año académico; la tasa de graduación por cohorte; y muchos otros indicadores de desempeño más.

Sin contar con estos indicadores, Costa Rica continuará canalizando todos los recursos para la educación superior hacia las instituciones que menos alumnos reciben, hacia las universidades que subsidian la educación de miles de alumnos que no lo requieren. Continuará dejando en manos de las instituciones que operan con mayores costos por estudiante la administración de los dineros del Estado. Sin datos sobre costos y productividad, seguirá destinando dineros públicos a los proyectos prioritarios para las universidades, pero no necesariamente prioritarios para el país.


Al no tener que rendir cuentas sobre su eficiencia y productividad, las universidades estatales continuarán seleccionando a los alumnos académicamente mejor preparados, sin preocuparse por el futuro de los estudiantes de escasos recursos cuya suerte los destinó a egresarse del poco riguroso sistema educativo de primaria y secundaria público. Por todas estas razones, este mecanismo de financiamiento debe cambiar.


Publicado en La República el 17 de febrero de 2014.

lunes, 3 de febrero de 2014

Aprendizaje y fuentes de motivación

Con el inicio del año escolar, todas las familias y los educadores deberíamos motivar a los jóvenes a esforzarse por aprender.  Y es que cada palabra que empleamos envía un poderoso mensaje a los chicos.  Algunas palabras motivan y otras no lo hacen, y hay que entender esa diferencia.  Una y otra vez, he visto a padres de familia alabando a sus hijos por su inteligencia, en un afán de darles la confianza en sus propias capacidades para atender sus obligaciones académicas y triunfar.  Carol Dweck, psicóloga de la Universidad de Columbia en Nueva York y especialista en temas de motivación estudiantil, diría que estos padres de familia se equivocan.

Después de 30 años de investigaciones, Dweck llegó a una conclusión: los alumnos más motivados no son quienes se creen más inteligentes, sino los que entienden que su inteligencia depende netamente de su nivel de esfuerzo.  Este principio coincide con una de las conclusiones más importantes de múltiples estudios neurocientíficos: que el cerebro es capaz de desarrollarse a lo largo de la vida y que, efectivamente, podemos hacernos más, o menos inteligentes, según nuestras posibilidades socioculturales y el nivel de perseverencia ante el aprendizaje.

No solo interesan los mensajes que, como adultos, enviemos a los jóvenes, sino además las creencias que estos mismos jóvenes tienen sobre su propia inteligencia.  Resulta ser que, ante retos académicos complejos, los alumnos que suponen que sus capacidades intelectuales son fijas tienen mayores dificultades en superarlos, mientras quienes consideran que la inteligencia se puede mejorar a lo largo de la vida, son más exitosos.

Dweck logró demostrar que los alumnos que creen que nacieron con una inteligencia predeterminada prefieren evitar situaciones de aprendizaje en donde se arriesguen a fracasar, a fin de que los demás cuestionen su capacidad intelectual.  La preocupación principal de estos chicos es ser considerado inteligente ante los ojos de sus pares y padres de familia.  Asumen que el cometer errores o esforzarse realizando tareas académicas es sinónimo de carecer de inteligencia, por lo que no toleran obtener bajas calificaciones.  Con tal de evitarlas, no matriculan cursos específicos o rehuyen a situaciones de aprendizaje que les implique un reto intelectual.  Si obtienen una mala calificación, estudian menos, y no más, al momento de prepararse para la siguiente prueba, e inclusive son más dados a cometer fraude académico.  Como si fuera poco, cuando se equivocan, no tratan de enmedar o aprender de sus errores.

En contraste, los jóvenes que entienden que sus capacidades intelectuales dependen netamente de su nivel de esfuerzo, asumen retos complejos de aprendizaje, se esfuerzan por resolverlos y se preocupan por remediar sus deficiencias.


Lejos de motivar a los jóvenes recordándoles lo inteligentes que son, es preferible reconocer su nivel de esfuerzo, perseverancia, o bien las estrategias de aprendizaje que utilizan al realizar sus labores académicas.